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La Gota

– ¡Bianca! ¡Bianca! – sonaba en mi cabeza una y otra vez – Bianca, ¿Qué te han hecho hermana mía?

Quise responder la pregunta; sin embargo, ni yo misma sabía a ciencia cierta lo que había sucedido.

Mi mente viajó unos instantes, recuerdo la sala llena de magistrados, frailes y obispos; todos me señalaban y sentenciaban al unísono: ¡Bruja!, ¡Bruja!, ¡Bruja! La acusación era inminente, pero, no obtenían de mí una confesión, lo que siguió después fue la sentencia – ¡Tortura, hasta que confiese su infamia! ­ – gritos y risas fue todo lo que le siguieron a la condena. La vesania de los asistentes al juicio había sobrepasado los límites de mi imaginación, luego de eso todo se torna nebuloso.

Cuando mis recuerdos vuelven, puedo alcanzar a ver a varios verdugos atándome a una especie de mesa, sujetaron mis pies y manos de manera que no pudiese mover ninguno de mis miembros. Echaron mi cabello hacia atrás, me colocaron una máscara, dejaba mi rostro descubierto, pero, se sujetaba a la mesa, de manera que no había manera que pudiese mover mi rostro. Escuche decir a uno de los verdugos – Déjenla así, mañana en el despuntar el alba comenzaremos con ella – cerraron las pesadas ventanas de metal, lo que dejó mis nuevos aposentos en completa oscuridad.

Día 1

La habitación en donde me habían dejado irradiaba cierto calor, o, pudieron ser los amarres que me incomodaban; lo que me despertó no fue el calor, sino que una gota helada de agua caía sobre mi frente cada cinco segundos, los conté, no había otra cosa que hacer; de principio pensé que me habían colocado debajo de una gotera, muchas construcciones en estos tiempos padecen eso, luego me percaté que no era así, pues cada determinado tiempo un verdugo abría una puerta y con un balde cambiaba el agua de manera que siempre se mantuviera helada. A decir verdad, las primeras horas fueron un tanto confusas, ¿Una simple gota podía hacerme confesar mi acusación?, después de un largo rato, mis dudas se disiparon, la oscuridad no se disipaba nunca y ¡las malditas gotas no dejaban de caer!; para la tercera o cuarta vez que entró el verdugo rogué que me intercambiara unas palabras, sólo mugió con desagrado, cumplió su tarea y se largó.

Día 2

Intenté dormir un par de ocasiones, el aburrimiento y la cámara a oscuras me invitaban al sueño, pero había llegado a un punto donde, la caída del agua comenzaba a hacer un eco dentro de mi cabeza, la sensación de sueño se apoderaba de mí, pero el eco dentro de mi cabeza me obligaba a abrir los ojos, justo cuando pensaba que me quedaría dormido. Tenía sed, intentaba fruncir mi sueño y apretar los ojos, de manera que las escurriduras de agua llegaran siquiera hasta mis labios; lloré, incluso intenté que mis lágrimas llegaran a mi boca, ninguna de las dos sucedió. Fue tan grande mi desesperación por el líquido, que, cercené mis labios con los dientes de manera que la sangre fluyera en mi boca; la sangre me dejó un sabor a metal y me arrepentí de mi decisión.

Día 3

Había logrado conciliar unos momentos el sueño, para cuando desperté, habían cambiado de posición mis manos, ahora podía por lo menos acariciar mis piernas. La sed y el hambre seguían conmigo, pero ahora la frente comenzaba a arder, como cuando corres y te raspas las rodillas, ese ardor característico que, al contacto con el agua quema. Ansiaba, las visitas de los verdugos para el cambio de agua, en esos momentos suplicaba que se detuvieran, ¡gritaba que me liberaran!, pero la respuesta era siempre la misma, el silencio absoluto. Sin darme cuenta la voz dejó de salir de mi boca, sólo un mugido a modo de súplica era reconocible. De vez en cuando mis hacía que mis dedos rozaran mis piernas para bajar el nivel de ansiedad, lo lamentable fue que, sin darme cuenta, comencé a usar mis unas en lugar de las yemas de mis dedos, y ahora no sabía cuál ardor era más fuerte, si en la frente o a los costados.

Día 4

Cedí ante el hambre, arranqué un pedazo mi labio, lo maqué mientras lloraba, ya no sabía si era el hambre, el dolor, la desesperación o esos susurros que de vez en vez escuchaba, la masa grasosa y correosa de mi labio mutilado se negaba a bajar por mi seca garganta, no podía ni producir saliva que ayudara al proceso, la sangre, que ahora no dejaba de fluir, terminó siendo el medio por el cual pude tragarme a mí misma.

Día…

Creí que llevaba la cuenta, pero mi cuenta se perdió en esos pequeños lapsos de sueños, creo que la gota había perforado ya mi cráneo, el eco del impacto de agua y hueso había cambiado por un sonido lodoso; las voces en mi cabeza eran más constantes, juraba que veía sombras en la habitación, lo dudé, ninguno de mis sentidos funcionaba adecuadamente. Tanteé mis piernas, los surcos que habían dejado mis uñas hicieron que la sangre fluyera sin control, el olor de la misma atrajo a una rata, o a varias nunca lo supe, la escuché chillar cuando se acercaba a mi mesa de tortura, la escuche chillar cuando caminaba por mis piernas desnudas, la escuche chillar cuando llegó a mi piel viva y comenzó a roerla, la envidiaba, ella por lo menos estaba comiendo lo que le gustaba.

Llegó un momento en donde cualquier dolor, me parecía el mismo, ninguno era más débil que otro, todos hacían que la vida se escapara de mi cuerpo sin vacilo; creo que morí, escucho a los lejos la voz que me llama, no puedo responderle, no quiero responderle, ya no siento nada, una fugaz luz lastima mis ojos y después nada.

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Charla de Vida y Muerte

7 de diciembre 1952
Faltaba poco para las 7:00 am. Desperté de súbito sabiendo que se me hacía tarde; busqué, en la cómoda que estaba junto a mi cama, la ropa que debía utilizar ese día; mis clases comenzaban hasta las 8:30 pero siendo el maestro, no podía darme el lujo de llegar tarde. Me metí a la ducha, el contacto con el agua helada terminó de disipar todo rastro de sueño, me arreglé lo más que pude debido a la premura; salí de la casa y me subí a mi motocicleta que estaba aparcada afuera, dudé por unos instantes llevarla al trabajo, la densa neblina y el terrible olor a carbón quemado hacían casi imposible manejar; cubrí mi rostro con un paño húmedo para aminorar el olor y me dispuse a marcharme.

El panorama, aún en las afueras de Londres, era desolador, para una ciudad en la que tres décadas antes estaba acostumbrada al bullicio y al creciente número de vehículos, era en extremo extraño ver las avenidas tan poco transitadas. Conducía mi motocicleta por un avenida larga y llena de árboles, escuché a los lejos el sonido de una ambulancia y aunque me esforcé por ver su procedencia no podía identificar el origen del sonido, me hice a un costado para evitar cualquier percance; el impacto me llegó por un costado, sin poder notarlo me había detenido a la mitad de un crucero.

Mi cabeza deba vueltas, abrí los ojos intentado recuperar el sentido Me vi solo en una cabaña, no en cualquier cabaña, sino en una que solía ser propiedad de mis padres a las afueras de Lancaster. Recorrí uno a uno los viejos cuartos donde pasé y disfruté gran parte de mi infancia, el lugar estaba vacío, pero no parecía abandonado, más bien, daba la impresión de estar en espera de la llegada de alguien. El cucú de la sala anunciaba las tres de la tarde, aun sin saber qué es lo que sucedía, me dirigí a la cocina y puse un poco de agua en la tetera; preparé mi té con algunas hojas de camelia que encontré en la alacena, todo estaba en el lugar que recordaba. Salí al pórtico, me senté en la vieja mecedora, coloqué mi taza sobre una roca cuadrada que mi padre había tallado a manera de mesa, busqué en los bolsillos de mi chaqueta mis cigarrillos y fósforos, encendí uno, o varios, no lo sé, hacía cerca de diez años que había tomado esa afición y me era difícil controlarlo.

Mientras estaba ahí, descansando, sin hacer y sin pensar en nada, un extraño sentimiento invadió mi ser, ¿acaso yo soy el único que en ocasiones siente que lo observan? Me levanté de mi sitio intentado ver entre los vidrios de las ventanas a alguien dentro de la casa, no vi a nadie; sin embargo, de reojo alcancé a divisar una gran sombra que se movió de un cuarto a otro, no le di importancia y me volví a tumbar en mi silla. Encendí otro cigarrillo y casi se consumió sin que yo lo tocara, me dediqué a observar como el humo bailaba entre mis dedos.

– ¿Estás cómodo? – la pregunta hizo que casi cayera de mi asiento; al reincorporarme, un hombre de traje negro estaba sentado en la otra silla del pórtico. Era un hombre entrado en años, sin que llegase a ser anciano; su profunda mirada encajaba perfecto con sus ojos azules, las enormes entradas en su cabeza lo habían dejado casi calvo, el poco cabello que le quedaba se movía con el escaso ritmo del viento. con sus manos jugueteaba un sombrero de ala grande color negro.
– ¿Quién eres? – fue la única pregunta que surgió de mi boca y quizá no fue la más inteligente.
– Nadie – se limitó a contestar, y al decir eso, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro – aunque en el fondo, tú bien sabes quién soy.
– ¿Qué estoy haciendo aquí? ¬– al no ver a nadie más me pareció una opción viable para disipar mis dudas.
– No lo sé – Contestó sin despegar su mirada de mis ojos, a decir verdad, había cierta paz en su mirada, eso me asustaba un poco.
– ¿Estoy muerto? – Me atreví a preguntar pese a que me horrorizaba la respuesta.
– No lo estas – al responder se inclinó un poco y tomó mi taza de té, mi taza quedó en su lugar y de ella se desprendió una nueva para aquel hombre; luego de eso, continuó con su respuesta – aun no.
– ¿Eres Dios, o el diablo? – cuestioné.
– En definitiva, ninguno de ellos.
– ¿Eres la muerte? – sus respuestas simples me estaban irritando, pero parecía que él lo sabía.
– Yo soy – la frialdad y serenidad de su respuesta hizo que se me erizara la piel.
– Siempre me imaginé que mi encuentro contigo sería diferente – al decir eso, el cielo azul y claro se cubrió de penumbras, un viento gélido azotó el lugar y por un instante un rayo iluminó todo de nuevo; a la luz del relámpago la imagen de mi interlocutor cambio, la enorme sombra con capucha y guadaña se hizo presente frente a mí, pero en segundos todo volvió a la normalidad.
– Siempre es mucho tiempo, amigo mío – respondió mientras jugueteaba con su sobrero – hace poco más de diez años ansiabas mi visita.
– ¡La guerra! – un momento de duda pasó por mi cabeza, había tantas cosas que preguntar y no encontraba la manera de hacerlas cuestionamientos – ¡murieron!, ¡te llevaste a todas las personas que amaba! – la voz se me entrecortó un poco – ¿Dónde están todos ahora?
– ¡Muertos! – Se limitó a contestar – y espero entiendas que no fui yo quien jaló el gatillo o lanzó las bombas a la hora de su muerte. Yo soy sólo una etapa más de la existencia, no soy juez y mucho menos verdugo.
– Si no estoy muerto… ¿Por qué no me llevas con ellos ahora?, ¡¿Por qué te sientas a mi lado a torturarme?!
– ¡Sigues creyendo que soy yo quien decide! – contestó de manera enérgica – y de ser así, hace diez años no habría dejado que la soga que te ataste al cuello se rompiera.
– Pero… aun no sé qué es lo que sucede aquí.
– Siempre me ha interesado tu raza, son cambiantes, indecisos e inconformes; con vidas rentadas y espacios unidos con lodo y sangre. Deseosos de mi visita, pero no saben qué hacer cuando se encuentran frente a mi. Tú, sobre todo, estabas a dispuesto a quitarte la vida y ahora, temes quedarte sin ella.
– La soledad, la desesperanza, la ruina y el miedo te hacen tomar decisiones – las palabras de la Muerte me hicieron recordar mi vida, en especial los últimos años – y pese a no desearlo, estoy dispuesto a marcharme contigo.
– ¿Qué ha cambiado? ¿Por qué anhelar, superar y ahora aceptar mi abrazo?
– No lo sé – y en realidad no lo sabía – creo que ya no le temo a la muerte, pero sobre todo he dejado de temerle a la vida.
– Entonces… – me tendió su mano como invitándome a acompañarlo – si no hay nada que te detenga, ¿Podemos irnos? ¿Quisieras despedirte?
– ¡No! – respondí de súbito – me he despedido de muchos y no podría permitir que otros sintieran lo mismo, es horrible, prefiero una y mil veces marcharme en silencio, entre los muchos que se han ido los últimos días. Sólo quisiera saber un par de cosas – temí preguntar – ¿Duele? Y ¿Qué hay del otro lado?
La Muerte me miró fijamente, parecía un tanto dubitativa, se rascó la cabeza, se acomodó el sombrero y se levantó frente a mí.
– ¡No puedo darte respuestas a esas preguntas!, espero que tu vida sea suficiente para descubrirlas.

El decir eso, extendió su dedo índice hasta mi pecho, su uña se alargó hasta atravesar mi ropa, sentí una punzada helada dentro de mi pecho mientras luchaba por respirar adecuadamente.
– ¡Respondió a la epinefrina! – fue lo siguiente que escuche – ¡Manténgalo estable!, ¡Vivirás amigo! ¡Quédate con nosotros!
El sonido de la sirena retumbaba en mi cabeza, pude ver a un par de socorristas luchando por mi vida dentro de la ambulancia; creo haber sonreído, ¡estaba vivo!

La Tormenta

Había pocos recuerdos que le causaban un sabor tan extraño a Claudia, como el recuerdo de su primera gelatina. Tenía cerca de 7 años cuando sucedió, Claudia era hija de dos reconocidos reposteros y llevaba mucho tiempo jugueteando a aprender en la cocina de sus padres, pero ese día, era la primera vez que sus padres la dejaban preparar algo a ella sola.

Claudia recordaba la mañana lluviosa y lo emocionada que estaba cuando revisó su trabajo terminado, no podía olvidar la forma y el color de la flor que minuciosamente había creado en esa gelatina de tonalidad cristalina; su ansia por mostrársela a sus compañeros de escuela no la habían dejado dormir, pero el día había llegado. Preparo la gelatina acomodándola en un recipiente redondo de plástico y procuró dejarla justo en el centro de manera que no se agitara mucho en el viaje a su escuela.

El trayecto fue el mismo de siempre, aunque para la pequeña el itinerario parecía interminable. Conforme se acercaban a su destino la lluvia parecía arreciar, como si algo tratase de impedir que llegaran, la madre de Claudia manejaba con mucha seguridad, no parecía que el agua le preocupara en lo más mínimo.

Para cuando arribaron a la escuela la tormenta parecía ya un diluvio, rayos y truenos caían por doquier, se estacionaron cerca de un árbol para buscar un poco de refugio y bajar sin contratiempos las cosas del auto.

— ¡Corramos primero a la escuela! — dijo su madre, al darse cuenta que no les era posible llevarse todo lo que necesitaban — en cuanto la lluvia cese regresaremos por las cosas.

Claudia asintió con la cabeza y ambas tomaron sus impermeables y corrieron hacia la puerta del edificio; en la entrada se encontraba el director y el maestro de la niña junto con unos pocos alumnos.

—   ¡Gracias a Dios están bien! — exclamó el director mientras las recibía apresurado — pocos alumnos vendrán el día de hoy, la tormenta se ha vuelto implacable.

  Es una lástima — dijo su maestro — sé que algunas presentaciones valdrían la pena.

Claudia sabía que se refería a su gelatina, ella había hablado de su proyecto toda la semana y se entristecía al saber que no iba a poder mostrar lo que había hecho. Todos se disponían a entrar a la escuela cuando un rayo iluminó el cielo, el relámpago se impactó en el árbol donde Claudia y su madre habían aparcado, el impacto hizo que el árbol se partiera en dos cayendo de lleno sobre el auto de Claudia; en ese momento, una sola lagrima rodó por la mejilla de la pequeña, ahora, aunque su presentación estaba completamente arruinada había dejado de tener tanta importancia.

El Cuerpo

Todo parecía normal aquella mañana de agosto en la mansión Saramago. Los patrones se encontraban lejos y la servidumbre atendía sin contratiempos todos los deberes, la señora Thomas, quien era la encargada de la cocina movía apresuradamente sus enormes caderas entre los grandes tablones y ollas buscando los ingredientes y moviendo los brebajes depositados en los calderos procurando no perder nada de tiempo. Todas las mujeres de la cocina parecían conocer los pensamientos de la señora Thomas, se movían casi al mismo tiempo que ella; tan sólo un movimiento de su mano bastaba para que un grupo de mujeres, la mayoría jóvenes, se ocupara de alguna tarea en específico.

En aquella época las tareas en la cocina eran prácticamente interminables, una vez terminado el desayuno se comenzaba con la comida y la cena, eso sin mencionar los posibles caprichos de parte de alguien de la familia Saramago, un bocadillo, un entremés, algunos invitados de improviso, mantenían a todas las mujeres de la cocina en un continuo vaivén de gritos, colores y sabores.

Esa mañana en específico, aprovechando la ausencia de los Saramago, la señora Thomas decidió dar breve descanso a todas en la cocina, únicamente cuatro de ellas más la señora Thomas se habían quedado a planear la comida para los sirvientes. La cocina de aquella gran mansión era única en la zona, tenía, a diferencia de muchas otras, un segundo nivel, donde estaban los aposentos de la señora Thomas. En la pausa programada, la encargada de la cocina subió con sus compañeras se sentó en una silla y compartió un pan recién horneado con las chicas, platicaban de todo y nada al mismo tiempo, las más jóvenes hablaban de lo guapo que era el hijo mayor del señor Saramago mientras que una más se unía a la plática, haciéndoles notar que, el joven Samuel no se comparaba con el mozo de las caballerizas, de quien presumió tenía el miembro más grande que había visto jamás en la vida; las chicas reían sin parar mientras la señora Thomas sonreía recordando su juventud en compañía de las chicas más jóvenes.
El descanso se había prolongado un poco más de los esperado y la señora Thomas comenzaba a cabecear de sueño, despertó y miró fijamente hacia la puerta que daba al traspatio, una sombra se movía sigilosamente hacia dentro de la cocina, otra de las chicas reconoció la figura y estuvo a punto de soltar un grito, pero el mismo fue apagado por la mano de la señora Thomas, quien también dejó ver su miedo en la mirada, hizo una señal de silencio y para entonces todas las chicas entendían lo que sucedía.

— Sabía que un intruso rondaba por la cocina, he notado que las verduras desaparecen desde hace tres noches dijo tranquila pero asustada al mismo tiempo no podemos dejarlo quedarse aquí.

¿Qué es lo que sugiere? preguntó una de las chicas horrorizada no podemos llamar a nadie, lo asustaríamos.

Con mucho cuidado comenzó a dar instrucciones la señora Thomas busquen algo pesado que podamos arrojarle, esperemos que escape y después podemos decirle al mozo que le de caza una vez fuera de la propiedad.

Todas se movieron con mucho cuidado, la señora Thomas encontró cerca de la entrada de su cuarto un pedazo de barreta muy pesado y se dispuso a arrojarlo hacia su objetivo, no notó que otra de las chicas ya había arrojado un viejo sartén y había fallado, el intruso corrió hacia la puerta por donde había ingresado, pero la señora Thomas arrojó el pedazo del solido metal que se impactó en seco en la cabeza, no hubo llantos ni gritos, todas vieron como un charco de sangre aparecía rodeando la cabeza y los miembros se sacudían sin control durante unos instantes hasta que después no hubo nada.

Los gritos de las cinco mujeres no se hicieron esperar, una de ellas casi se desmaya de la impresión, pero tampoco nadie quería bajar a cerciorarse de la muerte, encima de todo el cuerpo había quedado justo en la entrada de la puerta y nadie se atrevía a pasar si quiera por un costado.

¡Chicas! las mandó callar ¡debemos apresurarnos y quitar eso de allí! No quiero ni pensar siquiera que pasaría si la señora Saramago entra por esa puerta como acostumbra.

Ninguna de las mujeres parecía querer mover un músculo siquiera; entonces, la señora Thomas se armó de valor y bajó las escaleras y tomó una enorme vara que ocupaban para bajar las telarañas de las esquinas de la casa, se acercó poco a poco como si el intruso fuera a cobrar vida de nuevo y lo picó en las costillas, pero no hubo respuesta alguna, se movió alrededor de él para procurar llegar hasta la puerta y poder pedir ayuda, sentía que el corazón le iba a salir por el pecho, el miedo y la excitación hacían que todas sus extremidades se movieran sin control, como pudo, logro saltar el cuerpo y llegar hasta el patio, donde el mozo que había escuchado el alboroto ya venía a toda prisa.

¡Gracias al cielo! la señora Thomas se derrumbó sobre sus rodillas ¡ayúdanos!
La señora hizo un ademan señalando hacia la cocina, el joven entendió y corrió hasta allá, se detuvo ante el cuerpo sin vida, la sangre que había salido de la boca y cabeza habían hecho que los bigotes se embarraran en el suelo dando un aspecto grotesco. El joven se volvió para mirar a la señora Thomas y también a las chicas que ante la presencia del joven se animaron a bajar por la escalera, el muchacho tomó al cuerpo por la cola y con un tono de burla sólo se limitó a decir.

¿Tanto alboroto por una simple rata?

Achille

Achille entró a la habitación del hospital, tan rápido como sus noventa y tantos se lo permitían, acomodó una silla junto a la cama de Agnés con movimientos torpes. Se dejó caer en la silla y tomó la mano de su esposa, ella dormía plácidamente, o al menos eso se imaginaba él.

Achille miraba a su esposa y no podía dejar de pensar en la intervención que habían solicitado a la dirección del hospital, la intervención era delicada y dada la edad de su esposa hacía que la solicitud se convirtiera en una negativa casi segura; mientras se hundía en sus pensamientos no podía dejar de pensar en aquellos “il fait male” que apenas una noche antes Agnés no paraba de recitar.

El hombre sabía del dolor de su esposa, sin embargo y pese a tener a su alcance el control de la morfina, le daba miedo que sucediera algo que él no quería, muchas veces se encontró con el control del calmante en la mano, escuchó hablar a una enfermera y recordaba perfectamente el código para aumentar la dosis, nunca se dio el valor para hacerlo, al menos no mientras su esposa no se lo pidiera.

Todos en el hospital conocían a la perfección a la pareja de ancianos; eras de las “joyas” del pueblo, pues durante la ocupación nazi en Francia, la pareja había logrado escabullirse de las tropas alemanas, todos sabían que a pesar de que eran muy jóvenes, desde el ’45, la pareja se había mantenido junta. La recepción del hospital incluso, todos los días recibía flores para la anciana, pues a pesar de ser tan viejos y tener tanto tiempo juntos la única familia que tenían eran uno al otro, eso por decir, pues todo el mundo en el pueblo los apreciaba en gran medida.

Achille se sentía en casa en el hospital, no faltaba quien le ayudara con algo o le proporcionara alimentos pese a que los normas lo prohibían, algunos enfermeros se las ingeniaron para meter en la habitación de Agnés un sillón reclinable para que el viejo no estuviera incómodo. Cierta noche mientras Achille se daba un baño escuchó algo extraño, para cuando volvió con su esposa ella había logrado sacarse el respirador y con sus enormes ojos azules ceñidos de arrugas y ahogados en lágrimas sólo pudo decir ¡allons-y!, después de eso un ejército de enfermeros volvió a sedarla sin demora, Achille, a pesar que agradecía todos los cuidados y atenciones ansiaba regresar a casa a esperar junto a su amada la última visita.

Esa noche Achille bebió su café negro sin azúcar, bebió tanto como los movimientos de sus manos se lo permitieron la mitad de su bebida terminó en su pantalón, no tenía sueño, se percató que un par de enfermeros entraron y quitaron el respirador de su esposa, poco después el director del hospital le entregaba la hoja con su solicitud llena de firmas; Achille leyó detenidamente la hoja y no pudo contener las lágrimas, miró tiernamente a su esposa y recordó como aquella noche de hace más de setenta años, un par de soldados ingles los habían salvado de una muerte inminente, se acercó a su esposa con más temblores de lo normal, le acarició su arrugada cara, su esposa abrió los ojos y al ver la expresión de su marido supo de inmediato lo que sucedía.
- ¡Todos dijeron que sí amor! – fue lo único que alcanzó a decir.
Su esposa lloró junto con él, la hoja se resbaló de entre sus manos y fue a dar al suelo la hoja estaba escrita a mano y con letra cursiva aun legible, y en el titulo perfectamente se leía “Solicitud de eutanasia doble”.

Los ancianos habían burlado su destino 75 años atrás, y hoy podían partir juntos, se miraron fijamente con sus ojos llenos de lágrimas, habían esperado por esto toda una vida.

J. C. Sámano

Los inicios de un escritor.

Hola amigos, buen día:

Como lo comenté en un post anterior, estoy creando mi camino en el ámbito literario, llevo un par de años trabajando en la creación de cuentos y una novela épica; y a manera de introducción me gustaría platicar y responder a ciertas interrogantes que se me han planteado en este proceso.

¿Qué me llevo a inmiscuirme en el ámbito literario?

Siempre he sido un acérrimo fan de la literatura fantástica, desde muy joven tuve contacto con literatura mítica y todo el tiempo me pareció fascinante. En mi adolescencia escribí mi primer cuento (y para ser sincero no sé ni donde está), en aquel entonces, las influencias del mundo medievo y mi acercamiento con la religión me inspiró para construir la historia de un hombre y su paso por el purgatorio, sé que de eso se ha escrito mucho, para ser sincero, y, a pesar de que las críticas de algunos amigos fueron buenas, no estaba yo contento con el resultado final, era obvio que el apartado literario no era mi fuerte.

Un poco más adelante conocí los libros de mi autor favorito, J. R. R. Tolkien, quedé sin palabras con su construcción de un mundo fantástico. A esa edad tomé gusto por la literatura de manera constante, bebía los cuentos de Poe y H. P. Lovecraft, de ellos aprendí a inmiscuirme en la mente de mis personajes.

Para finalizar conocí a mi otro gran ídolo, George R. R. de él la forma en que detalla su mundo y su despiadada forma de tratar a sus personajes principales me dejó absorto.

Estas son mis grandes influencias literarias, emulo mucho de ellos en mi escritura, y la influencia que han marcado en mi es más que obvia, eso sí, sin caer en la copia de sus escritos.

A partir de eso surge nuevamente la idea de escribir, esa tentación por contar algo a mi manera y con mis ideas, esa voz en mi cabeza que me decía: hazlo.

¿Es difícil escribir?

Me han cuestionado eso muchas veces, y para ser sincero, aun me cuesta mucho responder eso; soy fiel creyente que la practica hace al maestro, la constancia, el ímpetu y sobre todo la pasión con la que se escriba pueden ayudar a sobrepasar cualquier dificultad. Dicho esto, mi respuesta sería sí y no, debes ser consciente que será muy complicado que un escrito tuyo (sobre todo si eres principiante, como un servidor) quede perfecto desde el principio; entonces debes estar abierto a cualquier tipo de recomendación y observación hecha por terceros, ¡ojo!, con esto no digo que busques que quede como ellos quieran; sin embargo, serán ellos quienes al final terminen leyendo tus escritos, entonces, ser receptivo ante las críticas es fundamental si lo que quieres es dedicarte a la escritura.

Con esto llego a una conclusión imprescindible, para poder llegar al éxito (al menos con tus escritos), hay pensar en ellos, crear, intentar, hacer, hacer otra vez, hacer otra vez, hacer otra vez y al final, seguir haciendo. Es así como se puede llegar hasta lo que realmente se desea.

¿De dónde viene la inspiración?

A estas alturas creo que, la inspiración puede llegar desde cualquier sitio; muchas veces puede ser alguien, o muchas personas, una situación o el momento anímico por el que estemos pasando, lo importante es canalizar la idea y no dejar que el impulso pierda fuerza; ¿Cómo hacerlo?, escribiendo, no hay más; sé que sonará ridículo, pero hay veces que te llega una idea a la mente, bien puedes anotarla como recordatorio en donde sea, una servilleta, un pedazo de papel, tu celular o tu computadora (si es que la tienes a la mano), puede que esa idea no sepas como darle forma en un primer momento, pero una vez que te acostumbras a trabajar tus ideas no tendrás problemas para hacer que encaje en tu texto.

¿Alguna vez te desanimaste?

¡Por supuesto!, cuando comienzas en un camino como este, es normal que algunas veces tus proyectos no avanzan al ritmo que tu deseas (y eso suele pasar muy seguido), algunas otras veces las primeras críticas no son lo que esperas, en esos momentos es cuando uno piensa en “tirar la toalla”. Hay que recordar algo muy importante, a pesar de que se escribe para terceros, nadie más que uno es dueño de los que escribimos, entonces, mejorar depende de ti y tomar las críticas desde el lado más constructivo posible es imprescindible. No importa cuántas veces pienses en dejar de lado todo, lo importante es como superas esos momentos, si sabes sobreponerte tu experiencia aumentará exponencialmente.

¿Hay alguna técnica para escribir?

¡De hecho hay muchísimas!, pero cada una es distinta y cada escritor debe decidir cual se acomoda más a su estilo, en lo personal he leído muchas formas y estilos para la creación de historias; considero que lo primero y más importante es definir lo que se quiere escribir, ya sea un cuento, una novela, un relato. Partiendo de eso, uno puede casarse con un estilo o adoptar extractos de varios, creo que, lo más importante es, la pasión que le dediques a cada texto.

¿Es normal que siempre quiera alguien escribir sobre lo mismo?

Desde mi trinchera puedo decir que, lejos de ser normal nosotros los escritores novatos entramos en una zona de confort, dicha zona nos hace pensar que lo que hacemos es genial, sin embargo, el aventurarse a escribir desde otros estilos puede enriquecer nuestro estilo en sobremanera. En mi experiencia, comencé escribiendo novela, cuando formalicé mi escritura por medio de talleres, me costó mucho la construcción de cuentos cortos, pero en definitiva me han ayudado muchísimo para imprimir fuerza y mejorar los escritos (con esto no quiero decir que sea yo todo un experto o un maestro en la materia), el punto es romper los paradigmas y animarse a hacer las cosas diferentes a como estamos acostumbrados.

Voy a dejar este post hasta aquí, en algún otro continuaré con las preguntas que he recibido; si te gusto lo que leíste, no olvides compartir.

Salu2

J. C. Sámano

El Escritor novato

¿Alguna vez han tenido un sueño y lo piensan inalcanzable? Hola soy Julio Sámano, soy un escritor novel que, así como a muchos, en algún momento se cruzó por mi cabeza la idea de escribir. Siempre he sido fan de la lectura fantástica, disfruto mucho de una buena lectura que me lleve a distintos lugares, épocas y me permita conocer un mundo que diste completamente de lo ordinario. Con ese preludio, y sobre todo ondeando una bandera de inspiración sumamente fuerte (mi hijo), me lancé hacia mi primer proyecto de escritura.

Esta primera entrada sirve de cierto modo, como un ensayo y un anuncio, periódicamente compartiré con ustedes algunos de mis escritos, esperando que sean de su agrado.

J. C. Sámano