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La Gota

– ¡Bianca! ¡Bianca! – sonaba en mi cabeza una y otra vez – Bianca, ¿Qué te han hecho hermana mía?

Quise responder la pregunta; sin embargo, ni yo misma sabía a ciencia cierta lo que había sucedido.

Mi mente viajó unos instantes, recuerdo la sala llena de magistrados, frailes y obispos; todos me señalaban y sentenciaban al unísono: ¡Bruja!, ¡Bruja!, ¡Bruja! La acusación era inminente, pero, no obtenían de mí una confesión, lo que siguió después fue la sentencia – ¡Tortura, hasta que confiese su infamia! ­ – gritos y risas fue todo lo que le siguieron a la condena. La vesanía de los asistentes al juicio había sobrepasado los límites de mi imaginación, luego de eso todo se torna nebuloso.

Cuando mis recuerdos vuelven, puedo alcanzar a ver a varios verdugos atándome a una especie de mesa, sujetaron mis pies y manos de manera que no pudiese mover ninguno de mis miembros. Echaron mi cabello hacia atrás, me colocaron una máscara, dejaba mi rostro descubierto, pero, se sujetaba a la mesa, de manera que no había manera que pudiese mover mi rostro. Escuche decir a uno de los verdugos – Déjenla así, mañana en el despuntar el alba comenzaremos con ella – cerraron las pesadas ventanas de metal, lo que dejó mis nuevos aposentos en completa oscuridad.

Día 1

La habitación en donde me habían dejado irradiaba cierto calor, o, pudieron ser los amarres que me incomodaban; lo que me despertó no fue el calor, sino que una gota helada de agua caía sobre mi frente cada cinco segundos, los conté, no había otra cosa que hacer; de principio pensé que me habían colocado debajo de una gotera, muchas construcciones en estos tiempos padecen eso, luego me percaté que no era así, pues cada determinado tiempo un verdugo abría una puerta y con un balde cambiaba el agua de manera que siempre se mantuviera helada. A decir verdad, las primeras horas fueron un tanto confusas, ¿Una simple gota podía hacerme confesar mi acusación?, después de un largo rato, mis dudas se disiparon, la oscuridad no se disipaba nunca y ¡las malditas gotas no dejaban de caer!; para la tercera o cuarta vez que entró el verdugo rogué que me intercambiara unas palabras, sólo mugió con desagrado, cumplió su tarea y se largó.

Día 2

Intenté dormir un par de ocasiones, el aburrimiento y la cámara a oscuras me invitaban al sueño, pero había llegado a un punto donde, la caída del agua comenzaba a hacer un eco dentro de mi cabeza, la sensación de sueño se apoderaba de mí, pero el eco dentro de mi cabeza me obligaba a abrir los ojos, justo cuando pensaba que me quedaría dormida. Tenía sed, intentaba fruncir mi ceño y apretar los ojos, de manera que las escurriduras de agua llegaran siquiera hasta mis labios; lloré, incluso intenté que mis lágrimas llegaran a mi boca, ninguna de las dos sucedió. Fue tan grande mi desesperación por el líquido, que, cercené mis labios con los dientes de manera que la sangre fluyera en mi boca; la sangre me dejó un sabor a metal y me arrepentí de mi decisión.

Día 3

Había logrado conciliar unos momentos el sueño, para cuando desperté, habían cambiado de posición mis manos, ahora podía por lo menos acariciar mis piernas. La sed y el hambre seguían conmigo, pero ahora la frente comenzaba a arder, como cuando corres y te raspas las rodillas, ese ardor característico que, al contacto con el agua quema. Ansiaba, las visitas de los verdugos para el cambio de agua, en esos momentos suplicaba que se detuvieran, ¡gritaba que me liberaran!, pero la respuesta era siempre la misma, el silencio absoluto. Sin darme cuenta la voz dejó de salir de mi boca, sólo un mugido a modo de súplica era reconocible. De vez en cuando hacía que mis dedos rozaran mis piernas para bajar el nivel de ansiedad, lo lamentable fue que, sin darme cuenta, comencé a usar mis uñas en lugar de las yemas de mis dedos, y ahora no sabía cuál ardor era más fuerte, si en la frente o a los costados.

Día 4

Cedí ante el hambre, arranqué un pedazo de mi labio, lo masqué mientras lloraba, ya no sabía si era el hambre, el dolor, la desesperación o esos susurros que de vez en vez escuchaba, la masa grasosa y correosa de mi labio mutilado se negaba a bajar por mi seca garganta, no podía ni producir saliva que ayudara al proceso, la sangre, que ahora no dejaba de fluir, terminó siendo el medio por el cual pude tragarme a mí misma.

Día…

Creí que llevaba la cuenta, pero mi cuenta se perdió en esos pequeños lapsos de sueños, creo que la gota había perforado ya mi cráneo, el eco del impacto de agua y hueso había cambiado por un sonido lodoso; las voces en mi cabeza eran más constantes, juraba que veía sombras en la habitación, lo dudé, ninguno de mis sentidos funcionaba adecuadamente. Tanteé mis piernas, los surcos que habían dejado mis uñas hicieron que la sangre fluyera sin control, el olor de la misma atrajo a una rata, o a varias nunca lo supe, la escuché chillar cuando se acercaba a mi mesa de tortura, la escuche chillar cuando caminaba por mis piernas desnudas, la escuche chillar cuando llegó a mi piel viva y comenzó a roerla, la envidiaba, ella por lo menos estaba comiendo lo que le gustaba.

Llegó un momento en donde cualquier dolor, me parecía el mismo, ninguno era más débil que otro, todos hacían que la vida se escapara de mi cuerpo sin vacilo; creo que morí, escucho a lo lejos la voz que me llama, no puedo responderle, no quiero responderle, ya no siento nada, una fugaz luz lastima mis ojos y después nada.

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El Habitante

Vivo solo en la ciudad de Boston, en Massachusetts, trabajo en una pequeña fábrica al norte de la ciudad, o debo decir trabajaba. Todo comenzó con mi cambio de domicilio, renté un departamento algo viejo, del siglo pasado para ser exactos, necesitaba reducir tiempo de traslado a mi trabajo; el nuevo puesto como supervisor me otorgaba nuevas responsabilidades y no podía darme el lujo de retrasarme.
Todos los días eran una rutina para mí, levantarme, trabajar más de doce horas, no conforme con eso me llevaba documentos pendientes a casa y dormir un par de horas diarias se había vuelto una costumbre. Cuando me mudé decidí solicitar un par de días en mi trabajo para poner en orden mi espacio, debía tener todas mis cosas en un lugar en específico, a final de cuentas después del trabajo, llegaría a trabajar. Ordené mi cama y escritorio de la manera que a mí me parecía más funcional, mi gusto por la moda había decaído a tal grado que, decidí reordenar mi guardarropa y comprar atuendos iguales para evitar el contratiempo de las combinaciones sin sentido.
Luego de mis dos días de asueto regresé a mi trabajo, a mi tan amada rutina, estaba ansioso y con nuevos bríos de superación, mis primeras jornadas en la fábrica como supervisor fueron a pedir de boca, seguía llevando trabajo a casa, como reduje significativamente los tiempos de traslado podía avanzar mi papeleo, incluso me di el lujo, en algunas ocasiones, de reducir también mis horas de descanso para ser más productivo. Mis jefes estaban más que complacidos con mi trabajo, había maximizado la producción de manera exponencial.
Hasta ese momento no podía quejarme de nada en absoluto. Cierta noche ocurrió algo extraño, llegué a casa como de costumbre, salvo que en esta ocasión decidí no hacer papeleo y meterme directo a la cama, la presión de los últimos días estaba pasándome factura y preferí descansar. Estaba en un sueño profundo cuando un golpeteo en la puerta me sacó de mi sueño; al escuchar el sonido de la puerta quise buscar mi ropa para atender al llamado; sin embargo, fue tanto mi cansancio que no me di cuenta que me había acostado con mi ropa de trabajo, no le di importancia y abrí sin reparo. Dos oficiales estaban apostados en la entrada de mi departamento, me extrañó. Alegaron que su visita se debía a un llamado de parte de los vecinos, quienes se quejaron de gritos provenientes de mi alcoba, como si una pelea hubiese tenido lugar ahí; los invité a pasar para que revisaran la estancia, todo estaba tal cual yo lo recordaba; los oficiales, al no notar nada extraño, se limitaron a hacerme un par de preguntas más, respondí sin temor sus cuestionamientos y luego de eso se retiraron.
El evento me tomó por sorpresa, pero para mí fue un simple malentendido que no merecía mayor atención. Continué con mis actividades normales al día siguiente; al regresar de la fábrica trabajé de nuevo con mis papeles, dormí tarde. Al amanecer, me dispuse a repetir mi rutina, pero cuando fui a mi armario me encontré con toda mi ropa tirada y desgarrada alrededor del armario, sólo una muda se había salvado de aquella barbarie, por un minuto quise llamar a la policía, pero al no ver signos de violación ni en puertas ni ventanas supuse que de algún modo la policía me culparía, sobre todo por lo sucedido la noche anterior.
A pesar de todo fui a mi trabajo como si no hubiese pasado nada. Mis compañeros se percataron que algo sucedía, pues durante toda la jornada estuve un tanto meditabundo y distraído. Quise hacer todas mis actividades sin demora, lo cierto es que, no dejaba de pensar en lo que pasó y fallé en varios procedimientos de rutina. Llegué por la noche al departamento con más dudas que respuestas, levanté el desorden que me faltó arreglar en la mañana, no llevé trabajo nuevamente para tratar de encontrar una explicación lógica a lo sucedido, di mil vueltas a la situación y no encontré una respuesta que me satisficiera en absoluto. Me tumbé en un pequeño sillón y decidí leer un libro, mi lógica decía que algún vándalo había irrumpido en mi departamento y de ser así lo esperaría en vela para sorprenderlo si es que regresaba.
Mi intento se frustró por mi aburrimiento, en algún punto de la vigilia el sueño me venció, según yo fueron apenas unos instantes; abrí los ojos y un tapiz de papel cubría toda la estancia, documentos de mi trabajo que guardaba celosamente estaban ahora esparcidos el lugar, la impresión de aquella imagen me borró todo rastro de sueño, di vueltas por la habitación sorteando documentos intentado encontrar a alguien en dentro del lugar quien fuese responsable de aquel desorden. No encontré a nadie, me escabullí hasta mi cama lleno de miedo, vacilaba a cada paso que daba, cuando llegué al colchón me metí debajo de las cobijas, mi cuerpo temblaba como si fuese una gelatina que no había terminado de cuajar; por más que lo intenté, fue imposible conciliar el sueño.
La mañana siguiente fue caótica para mí, en cuanto el sol se asomó en el horizonte me comuniqué a la fábrica para notificar mi ausencia, inventé una enfermedad y mi jefe no dudó en otorgarme el permiso gracias a la confianza que había ganado con mis resultados, traté, lo mejor que pude, de descansar. Alrededor de medio día estaba ya todo ordenado, tenía mucha hambre y sueño, salí por algo de comida a un establecimiento cercano; mientras comía trataba de encontrar una respuesta a mi situación, no la encontraba, una idea pasó por mi mente y hasta el momento era lo único que explicaba aquellos acontecimientos, un espíritu habitaba junto conmigo.
Nunca fui creyente de los fantasmas, no obstante, la idea no dejaba de perseguirme. Aproveché mi ausencia al trabajo para visitar una pequeña iglesia para platicar con el párroco local; al escuchar mi relato, no dudó en sentenciar que lo sucedido era obra del mismísimo diablo. Charlé con él durante un rato, rezamos, si es que lo que yo hacía podía llamarse rezo; por no decirlo de otra manera prácticamente me bañó en agua bendita y, luego de hacer una fuerte aportación a la caja de la iglesia, decidió acompañarme a casa para bendecirla y ahuyentar al espíritu que ahí habitaba.
El ritual duró a lo sumo media hora, el padre rezaba y rociaba agua por cada rincón de la casa; con sus manos ungía aceite por varios rincones, en un momento llegué a pensar el trabajo que me daría sacar esas manchas. Una vez finalizado el ritual, el padre abandono mi estancia; estaba yo cansado y no quería ponerme a pensar si lo sucedido realmente había funcionado o no, pero, por alguna extraña razón, me sentía aliviado.
Me arrastré casi de manera literal hasta mi cama. No pasaron ni cinco minutos cuando yo no supe nada más de mí, lo único que recuerdo fue que la sensación me era sumamente placentera. A la mañana siguiente mi reloj bilógico me despertó de golpe, lo primero que hice fue revisar todo el lugar; no había nada extraño y nada sucedió que me preocupara, recé en silencio, no supe ni porque lo hice, sólo sabía que mi sensación de miedo había desaparecido. Busqué algo de ropa en buen estado para ir al trabajo. De camino, pese a no creer mucho en eso, pensaba que, de ahora en adelante debía hacer una visita dominical a la iglesia, a final de cuentas un gran peso fue quitado de mis hombros y de todos modos los domingos me levantaba temprano, no representaba un problema para mí.
Al llegar a la entrada el vigilante miró de arriba a abajo, me pareció extraña su actitud antes de abrir la reja; con su mano tanteó la macana que colgaba de su cinturón.
– ¿Señor Conelli? – preguntó con cierta extrañeza; lo cierto es que la pregunta me desconcertó aún más a mí.
– ¿Sí? – me limité a responder, el vigilante siempre había sido amable conmigo y del mismo modo yo con él, incluso algunas veces compartíamos algún cigarrillo al final del día, no le di mayor importancia, quizá mi ausencia lo había desconcertado, al final de cuentas no era de los que acostumbrara a faltar de la nada.
– Lo están esperando en dirección.
No quise profundizar en el hecho, decidí pasarlo por alto para dirigirme hasta las oficinas del director; llegar hasta ahí representaba rodear el edificio principal y subir unas escaleras hasta un segundo piso. Al llegar sentí que el aire me faltaba, me detuve unos instantes antes de entrar, una sensación extraña recorrió mi cuerpo. La puerta se abrió de golpe desde adentro, la figura del director de dibujó frente a mí. Él siempre se había caracterizado por mantener una imagen pulcra, era raro verlo desaliñado o incluso con una arruga en la camisa, pero, esa mañana era diferente, no traía su habitual traje gris, tenía dobladas las mangas de la camisa hasta el codo, y lo más extraño era el enorme hematoma en su ojo izquierdo; su mirada no correspondía a la persona afable que siempre mostraba, su ceño estaba fruncido mientras que su postura demostraba cierto tipo de defensa.
– Conelli – dijo de manera seca y poco cálida.
– ¿Sr. Simmons? – saludé a manera de pregunta tratando de abrir un poco la conversación.
– Pase, tome asiento – no hubo ningún otro gesto de amabilidad en sus palabras, así que sin demora entré acomodándome en la silla destinada para visitas, él se sentó detrás de su escritorio manteniendo cierta distancia y comenzó a hablar – Conelli, estamos consternados y preocupados, todos en la empresa desconocemos el motivo de su comportamiento.
– Entiendo, suelo no ausentarme, el día de ayer sucedieron cosas extrañas en casa y sé que no tengo manera de justificar, pero he procurado que mi falta no se vea reflejada en mi trabajo – el semblante de mi director tomó un aire de incredulidad, como si lo que yo dijera fuese una broma – las cuentas están al corriente y lo productividad no ha mermado.
– ¡Sr. Conelli! – levantó la voz para interrumpirme – el permiso que Ud. solicitó fue hace tres días, el problema no fue su ausencia, soy consciente de los progresos de su trabajo, nuestra preocupación es por lo que aconteció el día de ayer.
Las palabras de mi jefe no tenían coherencia para mí. Repasé mil veces lo acontecido el día anterior, el desorden, el almuerzo, la visita del párroco; tres días, ¿el permiso lo solicité tres días antes? Intentaba por todos los medios contestar algo, el esfuerzo era en vano, estaba absorto, sin respuestas y con más dudas que respuestas.
– ¿Por qué lo hizo? – preguntó de manera directa, yo quería responder, pero ni siquiera entendía de lo que se me acusaba, ¿hacer qué?, ¿ayer?, quise gritarle que estuve en casa, que algún ser maligno había irrumpido en el departamento, que un sacerdote visitó mi casa, pero las palabras se negaban a salir de mi boca, aun en la cabeza, mis explicaciones sonaban absurdas así que el volvió a hablar – ¿Necesitas que te refresque la memoria?
– Eso creo – musité mientras me encogía de hombros, lo cierto es que, ni siquiera sabía si la pregunta era de manera retórica.
– ¡Llegaste semidesnudo! – dijo exaltado. Yo me sentí como en un sueño, no había manera que me presentara al trabajo sin ropa, pero tampoco había razón para que mi jefe mintiera. Él pareció no inmutarse por mi reacción de sorpresa y continuó con las acusaciones – el guardia intento hacerte entrar en razón, lo golpeaste – eso podía explicar la actitud del guardia, y entre más hablaba mi jefe más inverosímil me parecían sus palabras – lo apretaste del cuello hasta desmayarlo; una vez en el suelo robaste su tolete, golpeaste a muchos trabajadores que encontraste en tu camino hasta aquí. – en mi mente sólo repetía no fui yo, yo no lo hice, no pude ser yo – Traté de calmarte, es obvio que no pude hacerlo, me golpeaste hasta que quisiste; ya que me tenías en el suelo, orinaste sobre mí y defecaste la entrada a la oficina.
– Yo… – Cerré los ojos y pude ver como mi mundo se derrumbaba pedazo a pedazo, ¿Cómo pude perder dos días de mi vida? ¿Qué demonios pasaba conmigo?, tal vez esa era la respuesta – un padre bendijo mi casa – por tonto que sonara, fue lo único que pude decir en un burdo intento por defenderme –, pasaron cosas raras, me dormí después de eso, al despertar no noté nada extraño, supuse que había descansado sólo una noche…
Un silencio incomodo invadió la habitación, mi jefe me veía como a un bicho raro, yo me sentía de la misma manera, quería que la tierra me tragara y me escupiera en otro lugar del planeta, un malestar inefable invadía mi ser, las lágrimas fueron la única respuesta de mi parte.
– Lo apreciamos sr. Conelli – dijo como si estuviera a punto de dictar una sentencia – antes de que tomemos una decisión, vaya a casa, busque ayuda, tómese una semana; es usted parte fundamental de esta empresa y no quisiéramos prescindir de sus servicios.
– ¡Gracias! – creí contestar, o lo pensé, no sabría decirlo, pero con mi cabeza intenté hacer un gesto de agradecimiento. Me levanté sin mirar siquiera a mi interlocutor, decir que sentía vergüenza era poco, me dirigí cabizbajo hacia la puerta cuando la voz del señor Simmons me detuvo en seco.
¬– ¡Una última cosa!, ayer… – dudó en continuar con su frase mientras en mis adentros yo suplicaba que no lo hiciera, no sabía si era capaz de soportar más detalles del día anterior, pero al no decir nada él continuó hablando. – tengo ya mucho tiempo de conocerlo, nos hemos sentado en esta misma oficina a charlar de todo, lo he considerado como mi amigo – supuse que sus palabras iban a algún lado, pero me negaba a escucharlo, me limité entonces a asentir con la cabeza – ayer, traté de hablar con usted, llegó a darme algunas respuestas, pero, en ningún momento reconocí su voz.
Nadie dijo nada más. Abandoné el lugar que, según yo, me hacía sentir completo, salí del complejo sin tener un rumbo definido. En algún punto mis pasos me llevarían a casa, pero no tenía ganas de regresar, mi mundo estaba derrumbándose en mil pedazos y lo peor es que ni siquiera sabía en qué momento sucedió. El trayecto de vuelta pasó desapercibido para mí, cuando menos los esperaba estaba frente al dintel de la puerta principal de casa; entré sigiloso como escabulléndome de las adversidades, me detuve en el centro de la sala y lloré, lloré como lloraría un hombre al ser castrado.
La noche me alcanzó sufriendo, no había comido en todo el día, aun así, no tenía nada de hambre. Las veces en las que me vi forzado a vacacionar las recuerdo como una tortura, estar como león enjaulado en casa era algo que detestaba en los descansos prolongados; algo similar, sin embargo, ahora no existía el aliciente de un trabajo futuro. Busqué entre mi ropa algo abrigador pues la temperatura comenzaba a descender de manera brusca. Me metí en la cama envuelto en un pantalón térmico y la sudadera de mi antigua escuela, esperaba que los sueños aplacaran un poco la angustia.
Algo de ruido que entró por la ventana me despertó, una gresca entre borrachos se gestaba en la calle, distinguí los gritos pidiendo auxilio de unas jóvenes que acompañaban a los borrachos. Aproveché el momento para ir al baño, con el frío mi vejiga se volvió algo quisquillosa, caminé como un zombi hasta el inodoro, hice mis necesidades sin abrir siquiera los ojos, me detuve frente al espejo del lavabo para enjuagar las lagañas acumuladas en mi rostro, cuando por fin pude verme noté una mancha extraña en mi mejilla derecha; quise limpiarla, pero al ver mi mano en el espejo me percate que estaba bañada en sangre, no solo una sino ambas, la desesperación se apoderó de mí, las manchas llegaban hasta el antebrazo, me derrumbe en el sofá viendo mis manos rojas y pegajosas, ¿Qué me estaba pasando? ¿Lastimé a alguien?; levanté poco a poco las mangas de mi sudadera.
– ¿¡Qué demonios me pasa!? – grité con horror, quería respuestas, las necesitaba y suplicaba por ellas; me moví del sillón hasta mi mesa, temblaba, un poco de sangre aun brotaba de mis brazos; en un primer momento pensé en llamar a la ambulancia, ¿Qué les diría? ¿Acaso debía culpar al demonio que el cura vino a expulsar de mi departamento y que no logro hacer?, era obvio que me tomarían como un enfermo mental, pero no lo era, estaba yo sano. Cerca de la mesa, en el piso, encontré el cutter ensangrentado causante de mis heridas, lo arrojé hacia la ventana con todo el odio que podía haber dentro de mí, supliqué ayuda a Dios, aunque dudaba de su existencia; no hubo una respuesta, me dejé caer en mi silla con los brazos extendidos en la pequeña mesa, entre sollozos y lágrimas volví a mirar mis brazos trinchados; las heridas escribían perfectamente la palabra “WORK”.
Empezaba a acostumbrarme a las “cosas extrañas”, las cosas se movían de su sitio, de vez en cuando mi cabello sufría cierta mutilación, ya no me importaba, otras veces dejaba una taza de café servida y el otro habitante la bebía, las noches, de manera especial significaban un tormento para mí, despertaba casi cada hora con el afán de evitar que otra cosa mala sucediera. La semana que me dieron para descanso se había convertido ya en mes y medio, en algún momento recibí una carta de mi trabajo notificándome que “No podían esperar a mi mejora, por tal motivo la empresa prescindiría de mis servicios”; poco después de eso, tuve que reponer todos los vidrios de las ventanas, no quedó uno solo completo.
A pesar de haber quedado sin trabajo no me preocupaba por mis ingresos, siempre guardé de manera casi íntegra mi sueldo, al no tener gastos superfluos mis ahorros me servirían para cubrir mis gastos por lo menos otros seis o siete meses; yo esperaba que el extraño ser se hubiese alejado para entonces.
Cierto día en la mañana encontré una tarjeta debajo de mi puerta, nunca supe quien la arrojó, mucho menos supe el motivo; la tarjeta no era nueva, se notaba que había pasado ya por muchas manos, aún era visible su contenido primordial “John Brownfield: Psiquiatra”. Quise desechar la tarjeta en cuanto la miré, pero era una posibilidad que no había tomado en cuenta y definitivamente ya no tenía nada más que perder.
Concerté una cita con el terapeuta, a decir verdad, acudí sin muchas esperanzas, me había creado una idea sobre el ser viviendo dentro de mí e incluso ese ser estaba ahí por un motivo específico. La primera sesión fue extraña, el Dr. Brownfield, evitó a toda costa hablar sobre el extraño ser y se centró en cómo era yo; inspeccionó toda mi vida, algunas de sus preguntas me parecieron extrañas, pero aún más extraño era, que pese a no atacar mi problema desde el principio me sentía bien; desde hacía mucho tiempo nadie se preocupaba por lo que me sucedía y la sensación era satisfactoria.
Visité al Dr. durante las siguientes tres semanas, y las últimas dos mi habitante no había dado señales de su existencia. Sugerí buscar trabajo de nuevo, la idea me emocionaba, mi terapeuta aplaudió mi interés, sin embargo, sugirió esperara un poco más. Poco a poco me sentí mejor, comía más y sobre todo más seguido, rehíce mi guardarropa, de vez en cuando salía al parque, sentía que estaba completo de nuevo. A petición del Dr. me di a la tarea de escribir estas memorias, no sé si sirvan de algo, pero, al leerlas con cuidado comencé a pensar que no era un demonio el que me atormentaba.
Cierto martes, contrario a la recomendación recibida, fui a una entrevista de trabajo; las empresas en Boston estaban creciendo y de manera desafortunada, los nombres de las personas que ostentaban puestos importantes siempre eran bien conocidas por muchos, ese fue el caso; de alguna manera se enteraron de los problemas generados con el Sr. Simmons, me lo echaron en cara y no pude más que apenarme. Salí del lugar con los ánimos por los suelos, habían pasado semanas desde que no me sentía así, ansiaba que fuera jueves para poder hablar con mi terapeuta; de regreso a casa maté un poco de tiempo en el parque y después en la comida, pasadas las cuatro de la tarde me tumbé en mi cama y dormí hasta el siguiente día.
Realicé mis actividades matutinas de manera rutinaria, sentía cierto nerviosismo por mi terapia, estaba casi seguro que el Dr. me iba a dar una reprimenda fuerte, en mi cabeza repasé mil y un formas para justificar mis acciones, ninguna era tan convincente, quería demostrar que estaba avanzando en mi proceso. Llegué puntual a mi cita, él estaba terminando unos pendientes así que tuve que esperar un poco, al cabo de un rato me encontró en la sala de espera.
– ¡Martin! – Saludó de manera afable por mi nombre de pila – ¡pasa por favor!
– Dr. ¡Buen día! – Respondí tratando de emular la simpatía – ¿Cómo ha estado?
– ¡Muy bien! ¡Muy Bien! – dijo sin reparos. Nos sentamos cada uno en unos sillones que dispuso en la pequeña estancia para charlar un rato – ¿Te ofrezco un café?, hace un poco de frío afuera.
– ¡Estoy bien! – mentí, el clima en el exterior era inclemente, aun así, decliné a su invitación para no parecer “confianzudo”.
– Supe que, pese a mis recomendaciones, fuiste a solicitar empleo – un escalofrío recorrió mi cuerpo, de momento me sentí como un niño a quien han atrapado infraganti con su jugarreta.
– ¿Cómo se enteró de eso? – la ciudad era algo pequeña, lo sabía, pero que se enterara tan pronto me dejaba intranquilo.
– El día de ayer vino a visitarme Edgar – ese nombre no me decía absolutamente nada, de hecho, no recordaba a nadie con ese nombre, me parecía increíble, algún desconocido vino y habló sobre lo que me sucedió con mi terapeuta; lejos de enojarme estaba intrigado.
– ¿Quién perdón? – fue lo único que pude preguntar.
– Edgar – respondió de manera muy natural, como si yo debiese estar familiarizado con ese nombre; yo lo miraba como si él estuviera hablando con alguien diferente sin darse cuenta – interesante hombre, un poco iracundo, pero interesante. Deberíamos empezar a hablar de él.

El Significado de la Felicidad

¿Qué es la felicidad para ti?, ¿Son las tribulaciones las que te hacen verdaderamente feliz? No podría yo atreverme a responder eso, después de todo, soy solo un simple lanchero. Todo mundo suele decir que, en el mar la vida es más placentera, pero el otoño del ’87 fue en demasía un golpe a todo lo que yo conocía.
Como ya lo dije antes soy lanchero, o lo fui, ya no lo sé, a mi edad todo suele confundirse, entonces pude haberlo soñado o imaginado tal como estas líneas. En aquel entonces era joven, dedicaba mi vida entera al mar, entre el buceo, la pesca y la construcción de lanchas se pasaba mi día a día. El pequeño puerto era una novedad para los turistas, un lugar pequeño lejos de las playas acostumbradas, estaba anclado en un pueblo pintoresco que siempre invitaba al placer. El trabajo solía no faltar, muchos menos las cervezas y las “tiritas” luego de una dura jornada de trabajo.
En septiembre de ese año, las cosas comenzaron a tornarse un tanto complicadas, una tarde de pesca se convirtió en una tormenta a medio mar, regresé de milagro al puerto, mi pequeño “coyuco” había sufrido los embates de la tormenta y conté por lo menos seis grietas difíciles de reparar; no era lo peor del asunto, en mi lucha por sortear las olas forcé de más mi motor y lo había quemado por completo.
En medio del desastre siempre me dije a mi mismo “estoy vivo y eso es lo que importa”; dos días después trabajaba ya en las reparaciones de mi “lanchita” trataba de no darle tregua al trabajo pues de ella dependían mis ingresos diarios; parché con madera y con fibra de vidrio cada uno de los daños sufridos, a medida que reparaba un desperfecto surgía de la nada otro detalle que corregir. Mi desenfreno por las reparaciones hizo que me volara parte de dedo índice izquierdo, ni la salud me importó, vacié thinner en un viejo bote de pintura, sumergí mi dedo hasta que la herida se cauterizó por completo; en lugar de mi uña había quedado un pequeño muñón con un trozo de hueso puntiagudo que, lejos de preocuparme, lo ocupaba para marcar la madera como si fuese una punta de lápiz.
El trabajo se había extendido mucho más de lo planeado, al dejar de lado mis otras actividades, mi economía menguaba de manera considerable, cada vez era más complicado comprar los materiales y sobre todo llevar el sustento a casa; aunado a eso, faltaba aun la reparación del motor.
Para ese entonces mis ánimos estaban ya por los suelos, sin dinero, sin trabajo y con mucho tiempo fuera del agua, había dejado de ser la vida a la que estaba acostumbrado. Mi desesperación hizo que alternara mi trabajo con otras “chambitas” para llevar algo de comida a casa, desafortunadamente no era ni de cerca suficiente; por fortuna mi familia siempre fue en extremo unida y nunca dejaron que ni a mi esposa ni a mis hijos les faltara un trozo de pan o de pescado.
Las preocupaciones y las ahora deudas habían comenzado a hacer estragos en mi cuerpo, comencé a fumar mucho y por ende dejé de bucear, el cansancio rara vez me abandonaba, y cuando lo hacía pedía de favor a algún amigo lanchero que me llevara a “pescar a cuerda”, pues el movimiento de las olas solía relajarme y me olvidaba por un rato de mis preocupaciones.
Luego se semanas arduas de trabajo, decidí rendirme, el “coyuco” se negaba a quedar y la inversión había excedido por mucho, mi limite económico, me senté frente a la vieja lancha, la amaba y la odiaba al mismo tiempo, me tome un par de cervezas tan sólo contemplando mi trabajo sin frutos. En la inmensidad de mi pequeño patio lloré a solas. Cuando me recuperé camine hasta el muelle, me senté en la orilla tratando de aceptar lo inevitable; muchos de mis amigos lancheros pasaron junto a mí y me gastaban bromas, sonreía tratando de disimular mi rotunda pérdida. El sol estaba a punto de ocultarse cuando el sonido de un motor orillándose me sacó de mi letargo.
– ¡¿Qué pasó zanca?! – la voz de un viejo amigo sonó a unos metros – ¿Qué dice la “panga” ?, ¿Ya quedó?
– ¡No! Que va estar quedando – traté de disimular de nuevo pero mi semblante me traicionó, no podía ocultar más mi tristeza – ya está pa’ la chingada esa pinche lancha.
¬– ¡tssss ta cabrón! – respondió haciendo una mueca de desagrado – uste’ no se agüite mi capi, váyase a pescar un rato, el mar se lleva todo.
Sonreí un poco de manera irónica, sabía que el consejo lo hacía de buena gana; sin embargo, sin lancha, sin dinero la mera invitación se me hizo una burla.
– ¡ire zanca! – volvió a hablar mi amigo como tratando de consolarme ¬– ahí trago una garrafita de gas, me fue bien hoy, le dejo un par de lisitas en la pequeña hielera construida dentro de la lancha, al rato hay luna llena, vaya por sus cañas que le dejo las llaves de la panga en la tiendita, se me va a las barracudas en la noche, le hace falta.
No pude rechazar la oferta, fui a casa, me bañé, preparé mis cañas y me dispuse a una noche de pesca, hasta la fecha no sé exactamente qué fue lo que paso, pero la simple idea de la pesca me cambió de manera drástica el día. Llegué a la laguna que daba a la bahía, preparé la lancha y salí rumbo a mi noche de pesca. Salí de la zona del muelle y comencé a preparar la carnada, no había prisa, lo hice con sumo cuidado procurando no desperdiciar los peces que me regalaron; lancé tres líneas al mar y me senté cerca del motor para estar al pendiente de las cañas. La luz de la hermosa y enorme luna de octubre, conjugada con el vaivén de las olas me hicieron regresar a mi centro, me quedé dormido, no sé cuánto tiempo, sólo sé que fue lo suficiente para olvidar mis problemas, pude haber dormido toda la noche, por fortuna el chirrido de una caña me despertó de manera brusca, la emoción de la pesca me hizo olvidarme de las otras cañas que se quedaron con la línea dentro del agua, sonreía como un niño dentro de una tienda de golosinas con cientos de pesos en la mano, tomé la caña y comencé a pelear con el pez, el animal era grande, muy grande, cada vuelta que yo daba al carrete él me corría tres; cuando pensé que estaba a punto de sacar a la barracuda, los otros dos carretes comenzaron a girar sin control, coloqué las cañas en los soportes y peleaba con tres peces al mismo tiempo, sin saber por qué comencé a llorar, con cada giro a la caña me brotaba una carcajada atiborrada de lágrimas, cuando los peces estuvieron sobre la lancha tendidos sin vida, me dejé caer junto a ellos, seguía llorando sin parar de reír, esa noche había llegado sin nada y el mar me lo había devuelto todo, ¡era feliz!

Charla de Vida y Muerte

7 de diciembre 1952
Faltaba poco para las 7:00 am. Desperté de súbito sabiendo que se me hacía tarde; busqué, en la cómoda que estaba junto a mi cama, la ropa que debía utilizar ese día; mis clases comenzaban hasta las 8:30 pero siendo el maestro, no podía darme el lujo de llegar tarde. Me metí a la ducha, el contacto con el agua helada terminó de disipar todo rastro de sueño, me arreglé lo más que pude debido a la premura; salí de la casa y me subí a mi motocicleta que estaba aparcada afuera, dudé por unos instantes llevarla al trabajo, la densa neblina y el terrible olor a carbón quemado hacían casi imposible manejar; cubrí mi rostro con un paño húmedo para aminorar el olor y me dispuse a marcharme.

El panorama, aún en las afueras de Londres, era desolador, para una ciudad en la que tres décadas antes estaba acostumbrada al bullicio y al creciente número de vehículos, era en extremo extraño ver las avenidas tan poco transitadas. Conducía mi motocicleta por un avenida larga y llena de árboles, escuché a los lejos el sonido de una ambulancia y aunque me esforcé por ver su procedencia no podía identificar el origen del sonido, me hice a un costado para evitar cualquier percance; el impacto me llegó por un costado, sin poder notarlo me había detenido a la mitad de un crucero.

Mi cabeza deba vueltas, abrí los ojos intentado recuperar el sentido Me vi solo en una cabaña, no en cualquier cabaña, sino en una que solía ser propiedad de mis padres a las afueras de Lancaster. Recorrí uno a uno los viejos cuartos donde pasé y disfruté gran parte de mi infancia, el lugar estaba vacío, pero no parecía abandonado, más bien, daba la impresión de estar en espera de la llegada de alguien. El cucú de la sala anunciaba las tres de la tarde, aun sin saber qué es lo que sucedía, me dirigí a la cocina y puse un poco de agua en la tetera; preparé mi té con algunas hojas de camelia que encontré en la alacena, todo estaba en el lugar que recordaba. Salí al pórtico, me senté en la vieja mecedora, coloqué mi taza sobre una roca cuadrada que mi padre había tallado a manera de mesa, busqué en los bolsillos de mi chaqueta mis cigarrillos y fósforos, encendí uno, o varios, no lo sé, hacía cerca de diez años que había tomado esa afición y me era difícil controlarlo.

Mientras estaba ahí, descansando, sin hacer y sin pensar en nada, un extraño sentimiento invadió mi ser, ¿acaso yo soy el único que en ocasiones siente que lo observan? Me levanté de mi sitio intentado ver entre los vidrios de las ventanas a alguien dentro de la casa, no vi a nadie; sin embargo, de reojo alcancé a divisar una gran sombra que se movió de un cuarto a otro, no le di importancia y me volví a tumbar en mi silla. Encendí otro cigarrillo y casi se consumió sin que yo lo tocara, me dediqué a observar como el humo bailaba entre mis dedos.

– ¿Estás cómodo? – la pregunta hizo que casi cayera de mi asiento; al reincorporarme, un hombre de traje negro estaba sentado en la otra silla del pórtico. Era un hombre entrado en años, sin que llegase a ser anciano; su profunda mirada encajaba perfecto con sus ojos azules, las enormes entradas en su cabeza lo habían dejado casi calvo, el poco cabello que le quedaba se movía con el escaso ritmo del viento. con sus manos jugueteaba un sombrero de ala grande color negro.
– ¿Quién eres? – fue la única pregunta que surgió de mi boca y quizá no fue la más inteligente.
– Nadie – se limitó a contestar, y al decir eso, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro – aunque en el fondo, tú bien sabes quién soy.
– ¿Qué estoy haciendo aquí? ¬– al no ver a nadie más me pareció una opción viable para disipar mis dudas.
– No lo sé – Contestó sin despegar su mirada de mis ojos, a decir verdad, había cierta paz en su mirada, eso me asustaba un poco.
– ¿Estoy muerto? – Me atreví a preguntar pese a que me horrorizaba la respuesta.
– No lo estas – al responder se inclinó un poco y tomó mi taza de té, mi taza quedó en su lugar y de ella se desprendió una nueva para aquel hombre; luego de eso, continuó con su respuesta – aun no.
– ¿Eres Dios, o el diablo? – cuestioné.
– En definitiva, ninguno de ellos.
– ¿Eres la muerte? – sus respuestas simples me estaban irritando, pero parecía que él lo sabía.
– Yo soy – la frialdad y serenidad de su respuesta hizo que se me erizara la piel.
– Siempre me imaginé que mi encuentro contigo sería diferente – al decir eso, el cielo azul y claro se cubrió de penumbras, un viento gélido azotó el lugar y por un instante un rayo iluminó todo de nuevo; a la luz del relámpago la imagen de mi interlocutor cambio, la enorme sombra con capucha y guadaña se hizo presente frente a mí, pero en segundos todo volvió a la normalidad.
– Siempre es mucho tiempo, amigo mío – respondió mientras jugueteaba con su sobrero – hace poco más de diez años ansiabas mi visita.
– ¡La guerra! – un momento de duda pasó por mi cabeza, había tantas cosas que preguntar y no encontraba la manera de hacerlas cuestionamientos – ¡murieron!, ¡te llevaste a todas las personas que amaba! – la voz se me entrecortó un poco – ¿Dónde están todos ahora?
– ¡Muertos! – Se limitó a contestar – y espero entiendas que no fui yo quien jaló el gatillo o lanzó las bombas a la hora de su muerte. Yo soy sólo una etapa más de la existencia, no soy juez y mucho menos verdugo.
– Si no estoy muerto… ¿Por qué no me llevas con ellos ahora?, ¡¿Por qué te sientas a mi lado a torturarme?!
– ¡Sigues creyendo que soy yo quien decide! – contestó de manera enérgica – y de ser así, hace diez años no habría dejado que la soga que te ataste al cuello se rompiera.
– Pero… aun no sé qué es lo que sucede aquí.
– Siempre me ha interesado tu raza, son cambiantes, indecisos e inconformes; con vidas rentadas y espacios unidos con lodo y sangre. Deseosos de mi visita, pero no saben qué hacer cuando se encuentran frente a mi. Tú, sobre todo, estabas a dispuesto a quitarte la vida y ahora, temes quedarte sin ella.
– La soledad, la desesperanza, la ruina y el miedo te hacen tomar decisiones – las palabras de la Muerte me hicieron recordar mi vida, en especial los últimos años – y pese a no desearlo, estoy dispuesto a marcharme contigo.
– ¿Qué ha cambiado? ¿Por qué anhelar, superar y ahora aceptar mi abrazo?
– No lo sé – y en realidad no lo sabía – creo que ya no le temo a la muerte, pero sobre todo he dejado de temerle a la vida.
– Entonces… – me tendió su mano como invitándome a acompañarlo – si no hay nada que te detenga, ¿Podemos irnos? ¿Quisieras despedirte?
– ¡No! – respondí de súbito – me he despedido de muchos y no podría permitir que otros sintieran lo mismo, es horrible, prefiero una y mil veces marcharme en silencio, entre los muchos que se han ido los últimos días. Sólo quisiera saber un par de cosas – temí preguntar – ¿Duele? Y ¿Qué hay del otro lado?
La Muerte me miró fijamente, parecía un tanto dubitativa, se rascó la cabeza, se acomodó el sombrero y se levantó frente a mí.
– ¡No puedo darte respuestas a esas preguntas!, espero que tu vida sea suficiente para descubrirlas.

El decir eso, extendió su dedo índice hasta mi pecho, su uña se alargó hasta atravesar mi ropa, sentí una punzada helada dentro de mi pecho mientras luchaba por respirar adecuadamente.
– ¡Respondió a la epinefrina! – fue lo siguiente que escuche – ¡Manténgalo estable!, ¡Vivirás amigo! ¡Quédate con nosotros!
El sonido de la sirena retumbaba en mi cabeza, pude ver a un par de socorristas luchando por mi vida dentro de la ambulancia; creo haber sonreído, ¡estaba vivo!

La Tormenta

Había pocos recuerdos que le causaban un sabor tan extraño a Claudia, como el recuerdo de su primera gelatina. Tenía cerca de 7 años cuando sucedió, Claudia era hija de dos reconocidos reposteros y llevaba mucho tiempo jugueteando a aprender en la cocina de sus padres, pero ese día, era la primera vez que sus padres la dejaban preparar algo a ella sola.

Claudia recordaba la mañana lluviosa y lo emocionada que estaba cuando revisó su trabajo terminado, no podía olvidar la forma y el color de la flor que minuciosamente había creado en esa gelatina de tonalidad cristalina; su ansia por mostrársela a sus compañeros de escuela no la habían dejado dormir, pero el día había llegado. Preparo la gelatina acomodándola en un recipiente redondo de plástico y procuró dejarla justo en el centro de manera que no se agitara mucho en el viaje a su escuela.

El trayecto fue el mismo de siempre, aunque para la pequeña el itinerario parecía interminable. Conforme se acercaban a su destino la lluvia parecía arreciar, como si algo tratase de impedir que llegaran, la madre de Claudia manejaba con mucha seguridad, no parecía que el agua le preocupara en lo más mínimo.

Para cuando arribaron a la escuela la tormenta parecía ya un diluvio, rayos y truenos caían por doquier, se estacionaron cerca de un árbol para buscar un poco de refugio y bajar sin contratiempos las cosas del auto.

— ¡Corramos primero a la escuela! — dijo su madre, al darse cuenta que no les era posible llevarse todo lo que necesitaban — en cuanto la lluvia cese regresaremos por las cosas.

Claudia asintió con la cabeza y ambas tomaron sus impermeables y corrieron hacia la puerta del edificio; en la entrada se encontraba el director y el maestro de la niña junto con unos pocos alumnos.

—   ¡Gracias a Dios están bien! — exclamó el director mientras las recibía apresurado — pocos alumnos vendrán el día de hoy, la tormenta se ha vuelto implacable.

  Es una lástima — dijo su maestro — sé que algunas presentaciones valdrían la pena.

Claudia sabía que se refería a su gelatina, ella había hablado de su proyecto toda la semana y se entristecía al saber que no iba a poder mostrar lo que había hecho. Todos se disponían a entrar a la escuela cuando un rayo iluminó el cielo, el relámpago se impactó en el árbol donde Claudia y su madre habían aparcado, el impacto hizo que el árbol se partiera en dos cayendo de lleno sobre el auto de Claudia; en ese momento, una sola lagrima rodó por la mejilla de la pequeña, ahora, aunque su presentación estaba completamente arruinada había dejado de tener tanta importancia.

El Cuerpo

Todo parecía normal aquella mañana de agosto en la mansión Saramago. Los patrones se encontraban lejos y la servidumbre atendía sin contratiempos todos los deberes, la señora Thomas, quien era la encargada de la cocina movía apresuradamente sus enormes caderas entre los grandes tablones y ollas buscando los ingredientes y moviendo los brebajes depositados en los calderos procurando no perder nada de tiempo. Todas las mujeres de la cocina parecían conocer los pensamientos de la señora Thomas, se movían casi al mismo tiempo que ella; tan sólo un movimiento de su mano bastaba para que un grupo de mujeres, la mayoría jóvenes, se ocupara de alguna tarea en específico.

En aquella época las tareas en la cocina eran prácticamente interminables, una vez terminado el desayuno se comenzaba con la comida y la cena, eso sin mencionar los posibles caprichos de parte de alguien de la familia Saramago, un bocadillo, un entremés, algunos invitados de improviso, mantenían a todas las mujeres de la cocina en un continuo vaivén de gritos, colores y sabores.

Esa mañana en específico, aprovechando la ausencia de los Saramago, la señora Thomas decidió dar breve descanso a todas en la cocina, únicamente cuatro de ellas más la señora Thomas se habían quedado a planear la comida para los sirvientes. La cocina de aquella gran mansión era única en la zona, tenía, a diferencia de muchas otras, un segundo nivel, donde estaban los aposentos de la señora Thomas. En la pausa programada, la encargada de la cocina subió con sus compañeras se sentó en una silla y compartió un pan recién horneado con las chicas, platicaban de todo y nada al mismo tiempo, las más jóvenes hablaban de lo guapo que era el hijo mayor del señor Saramago mientras que una más se unía a la plática, haciéndoles notar que, el joven Samuel no se comparaba con el mozo de las caballerizas, de quien presumió tenía el miembro más grande que había visto jamás en la vida; las chicas reían sin parar mientras la señora Thomas sonreía recordando su juventud en compañía de las chicas más jóvenes.
El descanso se había prolongado un poco más de los esperado y la señora Thomas comenzaba a cabecear de sueño, despertó y miró fijamente hacia la puerta que daba al traspatio, una sombra se movía sigilosamente hacia dentro de la cocina, otra de las chicas reconoció la figura y estuvo a punto de soltar un grito, pero el mismo fue apagado por la mano de la señora Thomas, quien también dejó ver su miedo en la mirada, hizo una señal de silencio y para entonces todas las chicas entendían lo que sucedía.

— Sabía que un intruso rondaba por la cocina, he notado que las verduras desaparecen desde hace tres noches dijo tranquila pero asustada al mismo tiempo no podemos dejarlo quedarse aquí.

¿Qué es lo que sugiere? preguntó una de las chicas horrorizada no podemos llamar a nadie, lo asustaríamos.

Con mucho cuidado comenzó a dar instrucciones la señora Thomas busquen algo pesado que podamos arrojarle, esperemos que escape y después podemos decirle al mozo que le de caza una vez fuera de la propiedad.

Todas se movieron con mucho cuidado, la señora Thomas encontró cerca de la entrada de su cuarto un pedazo de barreta muy pesado y se dispuso a arrojarlo hacia su objetivo, no notó que otra de las chicas ya había arrojado un viejo sartén y había fallado, el intruso corrió hacia la puerta por donde había ingresado, pero la señora Thomas arrojó el pedazo del solido metal que se impactó en seco en la cabeza, no hubo llantos ni gritos, todas vieron como un charco de sangre aparecía rodeando la cabeza y los miembros se sacudían sin control durante unos instantes hasta que después no hubo nada.

Los gritos de las cinco mujeres no se hicieron esperar, una de ellas casi se desmaya de la impresión, pero tampoco nadie quería bajar a cerciorarse de la muerte, encima de todo el cuerpo había quedado justo en la entrada de la puerta y nadie se atrevía a pasar si quiera por un costado.

¡Chicas! las mandó callar ¡debemos apresurarnos y quitar eso de allí! No quiero ni pensar siquiera que pasaría si la señora Saramago entra por esa puerta como acostumbra.

Ninguna de las mujeres parecía querer mover un músculo siquiera; entonces, la señora Thomas se armó de valor y bajó las escaleras y tomó una enorme vara que ocupaban para bajar las telarañas de las esquinas de la casa, se acercó poco a poco como si el intruso fuera a cobrar vida de nuevo y lo picó en las costillas, pero no hubo respuesta alguna, se movió alrededor de él para procurar llegar hasta la puerta y poder pedir ayuda, sentía que el corazón le iba a salir por el pecho, el miedo y la excitación hacían que todas sus extremidades se movieran sin control, como pudo, logro saltar el cuerpo y llegar hasta el patio, donde el mozo que había escuchado el alboroto ya venía a toda prisa.

¡Gracias al cielo! la señora Thomas se derrumbó sobre sus rodillas ¡ayúdanos!
La señora hizo un ademan señalando hacia la cocina, el joven entendió y corrió hasta allá, se detuvo ante el cuerpo sin vida, la sangre que había salido de la boca y cabeza habían hecho que los bigotes se embarraran en el suelo dando un aspecto grotesco. El joven se volvió para mirar a la señora Thomas y también a las chicas que ante la presencia del joven se animaron a bajar por la escalera, el muchacho tomó al cuerpo por la cola y con un tono de burla sólo se limitó a decir.

¿Tanto alboroto por una simple rata?

Achille

Achille entró a la habitación del hospital, tan rápido como sus noventa y tantos se lo permitían, acomodó una silla junto a la cama de Agnés con movimientos torpes. Se dejó caer en la silla y tomó la mano de su esposa, ella dormía plácidamente, o al menos eso se imaginaba él.

Achille miraba a su esposa y no podía dejar de pensar en la intervención que habían solicitado a la dirección del hospital, la intervención era delicada y dada la edad de su esposa hacía que la solicitud se convirtiera en una negativa casi segura; mientras se hundía en sus pensamientos no podía dejar de pensar en aquellos “il fait male” que apenas una noche antes Agnés no paraba de recitar.

El hombre sabía del dolor de su esposa, sin embargo y pese a tener a su alcance el control de la morfina, le daba miedo que sucediera algo que él no quería, muchas veces se encontró con el control del calmante en la mano, escuchó hablar a una enfermera y recordaba perfectamente el código para aumentar la dosis, nunca se dio el valor para hacerlo, al menos no mientras su esposa no se lo pidiera.

Todos en el hospital conocían a la perfección a la pareja de ancianos; eras de las “joyas” del pueblo, pues durante la ocupación nazi en Francia, la pareja había logrado escabullirse de las tropas alemanas, todos sabían que a pesar de que eran muy jóvenes, desde el ’45, la pareja se había mantenido junta. La recepción del hospital incluso, todos los días recibía flores para la anciana, pues a pesar de ser tan viejos y tener tanto tiempo juntos la única familia que tenían eran uno al otro, eso por decir, pues todo el mundo en el pueblo los apreciaba en gran medida.

Achille se sentía en casa en el hospital, no faltaba quien le ayudara con algo o le proporcionara alimentos pese a que los normas lo prohibían, algunos enfermeros se las ingeniaron para meter en la habitación de Agnés un sillón reclinable para que el viejo no estuviera incómodo. Cierta noche mientras Achille se daba un baño escuchó algo extraño, para cuando volvió con su esposa ella había logrado sacarse el respirador y con sus enormes ojos azules ceñidos de arrugas y ahogados en lágrimas sólo pudo decir ¡allons-y!, después de eso un ejército de enfermeros volvió a sedarla sin demora, Achille, a pesar que agradecía todos los cuidados y atenciones ansiaba regresar a casa a esperar junto a su amada la última visita.

Esa noche Achille bebió su café negro sin azúcar, bebió tanto como los movimientos de sus manos se lo permitieron la mitad de su bebida terminó en su pantalón, no tenía sueño, se percató que un par de enfermeros entraron y quitaron el respirador de su esposa, poco después el director del hospital le entregaba la hoja con su solicitud llena de firmas; Achille leyó detenidamente la hoja y no pudo contener las lágrimas, miró tiernamente a su esposa y recordó como aquella noche de hace más de setenta años, un par de soldados ingles los habían salvado de una muerte inminente, se acercó a su esposa con más temblores de lo normal, le acarició su arrugada cara, su esposa abrió los ojos y al ver la expresión de su marido supo de inmediato lo que sucedía.
- ¡Todos dijeron que sí amor! – fue lo único que alcanzó a decir.
Su esposa lloró junto con él, la hoja se resbaló de entre sus manos y fue a dar al suelo la hoja estaba escrita a mano y con letra cursiva aun legible, y en el titulo perfectamente se leía “Solicitud de eutanasia doble”.

Los ancianos habían burlado su destino 75 años atrás, y hoy podían partir juntos, se miraron fijamente con sus ojos llenos de lágrimas, habían esperado por esto toda una vida.

J. C. Sámano